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CUENTOS CON MORA Y LEJA - Capítulo IV: La amistad, un tesoro a cuidar
Jueves, 20 Agosto 2026 09:29

CUENTOS CON MORA Y LEJA - Capítulo IV: La amistad, un tesoro a cuidar

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Morita era una nena muy buena. Ella era obediente en casa, y muy aplicada en la escuela. A Mora le gustaba participar en clase y regresar al colegio con los deberes completos, prolijos y llenos de colores e ilustraciones.

Sin embargo, sin descuidar sus tareas ni dejar de atender en clase, Mora participaba de las charlas y juegos que naturalmente se daban en el aula durante la hora de clase. A veces se reía tratando de no ser ruidosa…lo último que quería Mora es que la maestra se molestara con ella, o que pensara que no le interesaba lo que la señorita le estaba enseñando.

Y así fue que un buen día, mientras aprendían matemáticas, (materia que para ella era un poco menos divertida que castellano), tanto jugar y bromear entre los alumnos del fondo del aula, se armó un gran revuelo cuando a Tomas, el niño más pequeño de la clase, se le escapo una risotada contagiosa, con la cual, casi toda la clase se largó a reír sin disimulo, con mucho ruido y sin poder parar.

Mora tenía especial cariño hacia Tomas; no solo porque probablemente él era el más pequeño en edad entre sus compañeros, sino porque él siempre estaba contento, de buen humor, con tanto ánimo para aprender, como para jugar.

Además, Tomas era un chico que estaba atento a algunos detalles, como lo son convidar sus caramelos, felicitar a los hinchas de los equipos de futbol que habían ganado un partido durante el fin de semana, o elegir a un compañero no tan veloz para formar un equipo de futbol para el recreo largo. En síntesis, Tomas era un personaje muy querido por todos, y especialmente valorado por Mora.

Pero volviendo al lío que se había armado en la clase, fue la maestra quien, al escuchar semejante barullo, fue a paso rápido para el fondo del aula, descubriendo que el origen de la revuelta había sido un chiste de Tomas, quien había llevado un títere vestido de alumno, el cual se agarraba la cabeza diciendo “no entiendo señorita”.

Ana, la maestra de quinto grado, no tenía mal carácter ni era demasiado estricta, pero como responsable de la clase, esta vez no podría dejar pasar el episodio de mala conducta de todo un grupo, sin llamar la atención a los responsables, debiendo tomar alguna medida disciplinaria, como podía ser: el hacernos firmar el cuaderno de dirección, quedarnos sin recreo, o enviar una nota a nuestros padres; nota en la cual los ponían al tanto de lo ocurrido, debiendo regresar el cuaderno de comunicaciones con la firma de ellos. Sin embargo, contrario a lo que podíamos imaginar, la maestra tomo el títere, y procedió a pedirle a Tomas que la esperara en la puerta de dirección. A Tomas se le había desdibujado la cara, ya no reía ni sonreía. En parte se debía al susto, y en parte, al hecho de haber podido ofender a la maestra, intención que jamás habría tenido. ¿Qué le podría decir a la directora? ¿Qué les diría a sus padres? ¿Cómo haría para disculparse de la maestra?

Cuando Tomas cerró la puerta, emprendiendo su camino hacia la dirección, la maestra nos pidió a todos que nos acercáramos hacia ella en el fondo del aula. Una vez todos cerca y callados, la maestra nos dijo con una voz calma pero firme: “Tomas es un buen chico, solo que hoy, hace unos pocos minutos atrás, él se ha portado mal. ¿Porque digo esto? Porque yo estoy enseñándoles, es mi trabajo, es mi obligación y es lo que hago contenta y con muchas ganas de que salga bien, y los chistes de Tomas generan distracción, hacen difícil mi tarea, y hasta parece que la hiciera poco importante”.

Todos escuchamos callados, algo tristes y avergonzados. No nos habíamos dado cuenta de lo que estábamos haciendo al reírnos y festejar sus chistes durante la clase de la Señorita Ana.

Ella prosiguió: “ahora Tomas tendrá que asumir su responsabilidad recibiendo alguna penitencia, ya que sin ella, es probable que el no entienda lo importante que es portarse bien en clase, para que yo pueda enseñar y ustedes puedan aprender”.

En ese momento fue cuando Mora, pese a su corta edad, se dio cuenta de la responsabilidad compartida que al menos ella tenía por el lio que Tomas había provocado. Fue entonces cuando le pidió la palabra a su maestra: “¿Señorita Ana, puedo decir algo?” Si, respondió la maestra. ¿Delante de todos?

Sí, creo que es mejor delante de todos.

Adelante Mora, habla.

Mora se puso un poco colorada y nerviosa, pero respiro hondo y dijo: “yo debo ira dirección junto con Tomas Señorita”. Yo soy una de las que más se divierte con las ocurrencias de Tomas, y seguro que estoy entre las que más festeja sus chistes. Creo que a Él le gusta que yo está contenta y me divierta, y es por eso en parte que él está siempre pensando como alegrar un poco cada hora de la mañana. ¡Si yo no lo festejara y no me riera tanto! Si en lugar de reírme le hubiese pedido que haga silencio, que atienda, y que guarde ese títere para el recreo, nada de esto hubiese pasado. ¿Me entiende ahora Señorita Ana? ¿Puedo ir entonces yo también a la dirección?”

La maestra quedo pálida y sin habla. Sus ojos brillaron, su cara se volvió puro corazón. Y entonces ella fue la que esta vez respiro hondo le dijo: si Mora, ve a dirección, adelántate, en un minuto estaré con los dos. Ve con tu amigo, discúlpate con él y dale buenos consejos. Dile que jamás deje de hacer chistes…dile que solo debe esperar hasta que llegue el recreo.

      Fabián E. Sotelo